miércoles, 4 de diciembre de 2013

Entre dos mundos

       Publicado en la Revista Literaria Pluma y Tintero, nº 33, enero-febrero de 2016, Madrid.
ISSN: 2171-8288


      Sin lugar a dudas, muchos habremos oído historias sobre magia y criaturas fantásticas que pueblan los bastos territorios irreales de nuestra imaginación. Seres de otro mundo que acaban por convertirse en el relleno de esos espacios vacíos de nuestro interior,que ni siquiera nosotros mismos, los humanos, somos capaces de complementar. Una de tantas leyendas que colman la sabiduría popular es la del famoso duende Pyloo, conocido por favorecer el amor y la unión de aquellos que se cruzan por su camino, a veces incluso, dedicándose a juntar amores por simple diversión con tal de matar el rato en los mágicos bosques, que se han convertido en su hogar para el resto de la eternidad.

Esa como tantas otras historias llenaban las páginas de aquel libro que Frida leía, sin mucho interés que digamos. Ni un ruido en el salón, y ella tumbada en el sofá junto a la tenue luz de la lámpara intentando matar el tiempo, pero la verdad es que ese libro no hacía más que aburrirla. El silencio se había apoderado de su vida, y no es que sufriese de sordera o hubiese hecho un pacto de sigilo, pero entre lo poco sociable que se presentaba frente a la sociedad y que el pasado no había sido muy justo con ella, si así se puede decir, no había terminado en otra cosa que pasar la vida con más expectativas que las de ver a los demás disfrutar de sus alegres y ajetreadas vidas. Triste, pero cierto. Cansada de la lectura buscaba cualquier otra tarea que la mantuviese entretenida, ese era el principal problema de no ser tan amigable con el mundo, que te faltan amigos por todos los rincones. Su dedo paseaba los tabiques de su apartamento hasta toparse con la puerta del baño, aunque probablemente podría haberse confundido con un trastero por la cantidad de bártulos que se encontraban repartidos por el servicio. La acumulación de ropa sucia en un rincón, unido al exceso de productos cosméticos colmando las estanterías, hacía de aquel lugar un completo caos. Poco organizada, o como las personas más orgullosas de esta práctica calificarían de desinterés por mantener el orden, y si alcanzamos el extremo más opuesto solo tiene un calificativo, y no viene a ser otro que el de guarra/o. Un par de minutos para recoger todo ese desorden y centrarse en el verdadero lío. Una veintena de potingues, lápices de labios, rímel y otros tantos artículos de maquillaje que, si se fuese un poco moderado se pensaría que la belleza siempre tiene un precio, pero con tal panorama era fácil pensar que apoyaba su autoestima tras esa capa de maquillaje inútil, pero socialmente aceptado. Hoy no era ese día, para nada necesitaba el maquillaje si ni siquiera había salido al balcón para ver el día tan precioso que hacía.

Similar pesimismo, pero por diferentes causas. Esa era la misma frustración de Alex, un joven que había pasado de ser el más puro sentimental a desear perderse en una isla desierta durante un tiempo. Pensaba que era lo propio cuando hasta el amor, si de alguna manera podía seguir llamándose así, había alcanzado su culmen más bonito para caer igual que una montaña rusa, es decir, en picado. Ahora las discusiones con Carolina, su novia, habían pasado por todos los estados posibles de una relación: rupturas, reconciliaciones, frustraciones, silencio, o lo que es más triste y difícil de aceptar, dar la mano al olvido para imaginar como sería tu vida sin esa persona. Esta vez, el inicio lo tuvo un simple hecho como la elección de un canal televisivo. Algo que si cualquier persona se pone a pensar, un pareja compenetrada le importaría más bien poco que ver en esa caja tonta. Por esto y otras tantas razones, el amor había pasado de ser mutuo a convertirse en una mina de puro egoísmo. En esa discusión, independientemente de lo estúpida que fuese, conseguía recopilarse buen número de reproches e incluso signos claros de un replanteamiento o ruptura clara de la relación.

Antes las cosas hubiesen sido de otra manera, pero ahora cualquier cosa era mejor que aguantar aquel sufrimiento inútil. Encerrado en el baño, una ducha le ofrecía la calma necesaria para serenarse un rato y olvidar el mal trago ocurrido minutos atrás, eso sí, al igual que Carolina que decidió salir de la casa. No es que le preocupase especialmente, pero sabía perfectamente que al igual que el necesitaba una ducha para calmarse, ella pensaba lo mismo de un buen paseo por la ciudad. Frente al espejo terminaba de vestirse con cierta parsimonia, no tenía nada mejor que hacer aquella tarde.

Por su parte, Frida continuaba colocando sus preciadas cremas, cuando de repente delante de ella apareció la figura de un joven. A simple vista parecía que estuviese acomodándose la camiseta y terminando de secarse el pelo. Frida extrañadísima de aquel suceso miraba a cualquier ángulo del cuarto para saber si algo era capaz de proyectar esa imagen, pero pensándolo bien nadie había pasado a su piso, era una broma demasiado compleja pero no se le ocurría nada más. Al otro lado, Alex, del mismo modo, comenzó a percibir una chica dándole la espalda, y sorprendido igualmente empezó a inspeccionar el marco de cristal y a manosear la superficie dejando las huellas marcadas.

— ¿Hola? —dijo el joven con la duda de si esa persona era capaz de oírlo, o tan siquiera de notar su presencia—. ¿Puedes verme?

— Sí.... —contestó cohibida.

No cabía duda de lo extraño de aquel suceso, pero la verdad es que al menos una sensación agradable y un tanto placentera recorría la mente de los dos individuos, ahora uno enfrente del otro. No se tenían miedo, tan solo ese sentimiento de incomodidad cuando deseas algo y la timidez te echa atrás. Frida se envolvía en puro deseo. Era la cosa más excitante que había tenido lugar en su vida desde hacía mucho tiempo y, para ser más exactos, el chico era enormemente bello para ella. A Alex le apetecía tocarla, incluso besarla si no lo impidiese el propio espejo. Ambos sabían que nada sería igual después de aquella experiencia y comprendían que si esta no era la ocasión, ya no habría más oportunidades. Querían más el uno del otro, y por una vez en sus vidas, sabían que existía un futuro más allá de ese espejo.

— Me gustaría poder tocarte.... —deseaba la muchacha en voz alta, acariciando el rostro de aquel ente confinado en aquel espejo—¿Cómo puedo saber que existes de verdad?

— Porque estaría dispuesto a todo por coser mis labios a los tuyos con tal de no dejar de verte.

Una sensación extraña recorrió el cuerpo de Alex cuando tras tocar el espejo comenzó a percibir en sus dedos un elemento viscoso, pero en el que aún podía reflejarse. Aquello lo llevó a introducir un brazo, y al ver que no era nada peligroso se introdujo por completo en el espejo hasta desaparecer dentro de éste. Frida intrigada se preguntaba porqué aquel joven había desaparecido de repente. Todo se había difuminado en cuestión de segundos, y a la vuelta de la nitidez ya no se encontraba en el espejo. El pintalabios fue el objeto elegido para lanzar a causa de la decepción, con la sorpresa que en aquella ocasión no rebotó. Al contrario, se sumergió en el mismo líquido reflectante que tanto había llamado la atención a Alex, pero igualmente extraño para Frida. Ella fue más cauta introduciendo la mano poco a poco, después la cabeza y una vez segura de entrar en aquel lugar, subió al lavabo de la forma más patosa que podría encontrarse y huyó de la habitación.

El destino fue una espesa arboleda llena de misterio e inquietud para Frida. En cuestión de segundos todo había cambiado drásticamente. Quien imaginaría que por traspasar un espejo se encontraría allí, arrodillada sobre la hierba y en medio de un bosque lleno de colores y arboles gigantescos que tapaban los pocos rayos de sol que penetraban por el follaje de las ramas. Un lugar encantador lleno de sonidos inquietantes y placenteros al mismo tiempo, y donde la vida surgía de cualquier rincón. Asombrada por el que consideraba un bosque mágico, se dio cuenta que su ropa había desaparecido dando lugar a un vestido de seda de un intenso color verde oscuro. Sus piernas eran cubiertas por la largura de la falda, al mismo tiempo que su cabello brillaba como nunca lo había hecho. Entre los sonidos tan relajantes de dicha atmósfera, las mariposas revoloteaban por los alrededores. Las había de multitud de especies, formas y colores. Admiraba sus tonos y formas una vez que éstas se posaban en las hojas. Aunque no era gran fanática del mundo de las mariposas, al menos distinguía a varias de ellas, entre ellas la conocida como la Mariposa Esmeralda caracterizada por el mismo color que le da el nombre. Parecida a esta pero con tonalidades azules y negras veía a la Ulises, incluso la Mariposa cebra volaba con sus estrechas alas blanquinegras. Pero fue una, solo una de ellas la que llamó por entero la atención de Frida, era la especie denominada Fabiola. La más pequeña de ellas pero sin duda la más hermosa, con la que cualquier persona quedaría embobada. Frida ofrecía su dedo para que el insecto se posase mientras ella admiraba su forma y colorido. Un juego perfecto de tonalidades azules, contorneada de negro y de esos finos pelos táctiles que recubren su pequeño cuerpo. Sin embargo, un sonido desconcentró a la protagonista y el insecto se marchó volando. Éste provenía de la espesura del bosque. Aunque ese sitio fuese desconocido para ella, decidió seguir esa melodía tan alegre y rítmica, producida inconfundiblemente por los labios de alguien en forma de silbido. Tumbada sobre un rama se encontraba una extraña criatura de la que solo los cuentos solían hablar. De pequeño tamaño y con unas orejas puntiagudas silbaba bastante animada. Vestía una camisa verde oliva junto a unas botas de cuero y complementado, eso sí, con su inconfundible y característico gorro.

—Perdona. preguntó la huésped observando al duende—. ¿Podrías decirme donde estoy?

Ante la interrupción de su melodía, el duende observó como la joven se acercaba. De repente, éste se incorporó y saltó de rama en rama hasta perderse de vista entre los árboles. Qué era lo que había ocurrido con su espejo, ese extraño joven que desapareció y por qué estaba allí, se convertían en preguntas sin respuesta.

Tras varios minutos caminando en la misma dirección por la que se perdió aquel duende, Frida llegó a un lugar que la impresionó aún más. Desde su posición podía ver una casa de piedra erigida en varias plantas y cubierta en gran parte por la hiedra. No tenía ninguna pinta de estar habitada, y al parecer hasta ese pudiese haber sido el lugar idóneo donde aquel pequeño ser podría haberse escondido. ¿Sería su hogar? Decidió acercarse a la entrada y ver la monumentalidad de aquel edificio tan bonito que desearía cambiar automáticamente por su viejo y asfixiante apartamento. Una escalinata y una puerta eran la carta de presentación de aquel hogar tan mágico. Fruto del golpeo de la aldaba sobre el portón, éste se abrió tímidamente, otra prueba más de la ausencia de inquilinos.

Una escalera en el centro de la estancia conducía al piso superior, mientras que el resto de la planta baja se cubría en cierta parte por la hiedra que penetraba entre las piedras desde el interior. Lo más llamativo para ella, es que a pesar del abandono de aquella casa, las alfombras que conducían a las dependencias de la casa aún seguían en perfectas condiciones y guardando su color rojo aterciopelado. Incluso los candelabros consumían la llama y fundían las velas con normalidad. Paseó por toda la casa inspeccionando comedores, balcones, pasillos y biblioteca, pero ni rastro de nadie. Sólo quedaba una única puerta en toda la casa, y ésta se encontraba entornada. Curiosa pero, al mismo tiempo, guardando la cautela entró admirando el dormitorio tan bonito que se encontraba allí representado. Sin embargo, uno de los muebles era cubierto por una sábana blanca, que al descubrirlo se dio cuenta que era un espejo precioso. Nada en especial, aparte del lujoso marco dorado. La reflejaba completamente, sin nada parecido al que la había traído a ese mundo.

Oyó como se cerraba la puerta de la habitación, y unos pasos se dirigían hacia ella. Alex se posicionó tras ella, acariciando cada uno de los recovecos de la piel de su compañera. El espejo los atrajo a un lugar de donde nunca querrían irse, así que ese fue el motivo por el cual Alex recogió la sabana del suelo y cubrió de nuevo el espejo. Ambos eligieron tener un poco más de lo que tenían, y solo la magia les otorgó una única oportunidad para no arrepentirse. Y ante todo este panorama, irremediablemente el cotilla de Pyloo que había despistado fácilmente a Frida, y que sin duda alguna, fue el principal causante de todo este jaleo, ahora sonreía y mecía sus piernecitas sentado en el dosel de la cama en la que se forjaba aquel acto de amor que tanto lo caracterizaba.



En un mundo como el nuestro lleno de oscuridad el amor, sin duda, es la prueba fehaciente que la magia existe. 




2 comentarios:

Myriam Cueto Vega dijo...

En lo personal me ha gustado muchísimo.
Es un relato mágicamente bello y muy romántico.
Felicidades!!..

Yohana Esparza dijo...

maravillosamente precioso !!!...recorrer de la realidad a la fantasía llegando a un final lleno de romanticismo y pasión , nos hace pensar que en estos tiempos aun existe el romanticismo y que soñar con un amor mágico solo depende de nuestro esfuerzo hacerlo una bonita realidad !!
felicidades Eduardo

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